domingo, 4 de mayo de 2025

ME SAQUE MI ANILLO DE COMPROMISO LOBEZCO A VOS, PUES LOS UNICOS SON CON CRISTO, LA MERCED Y CONMIGO MISMO


Analía,

Hoy cierro un capítulo, pero lo hago con la certeza de que cada instante compartido ha sido un regalo en mi camino. Te tocó el 8, y con ello, el cierre de un ciclo que ahora me llama a reencontrarme conmigo mismo. Me he quitado el anillo, no por rencor ni por tristeza, sino porque he comprendido que nuestra historia debe transformarse en algo distinto.

Siempre he creído en la fuerza que te define, en la independencia que late en tu esencia. No necesitas apoyarte en mí, porque en tu propia luz encontrarás el camino. Si el destino alguna vez nos permitió caminar juntos, ahora me toca seguir mi andar en soledad, abrazando mi verdadera naturaleza, aquella que hemos reflexionado tantas veces: Leandro, el hombre león y el santo.

Mi propósito ha cambiado. Durante años, me entregué a mis mujeres, a aquellas almas que fueron mi causa y mi destino. Pero hoy, mi propósito me llama a mí mismo, a mi esencia, a mis sueños y a mis deseos. No abandono el amor ni la entrega, pero los redirijo a una fraternidad más grande, a una hermandad que no es monacal, pero sí feroz y libre, como los leones de antaño.

Me consagro a esta soltería que Dios me ha otorgado, al juramento que hice como Monje Laico Mercedario, a la independencia de espíritu que me define. Ya no perteneceré de forma exclusiva a ninguna mujer, porque todas serán mis hermanas, compañeras en este viaje donde el respeto y el cariño no conocen fronteras. Siguiendo el legado de los grandes leones de la fe, Fray León Torres, fundador de las Hermanas Mercedarias, León XIII, el Papa que marcó el inicio de la Doctrina Social de la Iglesia, y Leandro N. Alem, el defensor de los pobres y los olvidados, encuentro el sentido de mi camino en la entrega y la justicia.

Y en esto, nadie tiene autoridad sobre mí. Nadie puede decirme quién debe y quién no debe estar en mi vida, porque mi camino lo marco yo, y en él disfrutaré a cada mujer como el tesoro que representa, con el amor y la gratitud que me nace por la inmensa riqueza de su existencia.

El mundo nos enseñó que el infierno era un lugar de tormento eterno, pero la Iglesia actual ha revelado una verdad más profunda: el infierno no es un sitio de castigo, sino un estado del alma, de la mente y, a veces, del cuerpo, en esta misma existencia. Nadie que haya sido víctima del dolor más profundo debe ser condenado por ello. Leandro N. Alem, quien llevó la lucha por los más débiles, también descansa hoy en paz, así como Jonghyun, el alma luminosa que nos regaló su arte y su sensibilidad. Así como muchos otros que no fueron verdugos, sino víctimas de sus propios tormentos, hoy gozan del paraíso.

En esa certeza, dejo esta carta. Cierro este capítulo y abro otro, uno donde mi voluntad es mi guía y mi propósito es más claro que nunca.

Amén.

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