domingo, 25 de enero de 2026

UNA NOCHE EN LA TABERNA DE RECREO

 


Una noche en la Taberna de Recreo

Crónica serpentina de un regreso inesperado a la fiesta

La noche transcurrió en La Taverna de Sergio Soria, ese lugar icónico del Pueblo Alberdi, ubicado en Barrio Alberdi, a pocas cuadras de mi propio Barrio Alto Alberdi, donde está El Clermont. Ambos barrios —Alberdi y Alto Alberdi— junto con Barrio La Toma conforman el histórico y afectivo Pueblo Alberdi, ese triángulo urbano donde conviven memoria, bohemia, talleres mecánicos y demás oficios, bares viejos y una identidad que no se parece a ninguna otra en Córdoba.

La Taverna de Sergio Soria tiene 25 años de antigüedad, y aunque había pasado por su puerta innumerables veces, recién anoche crucé su puerta por primera vez para celebrar el cumpleaños número 70 de mi hermano putativo, Mario Torres, dueño de un taller de carpintería que es casi una extensión de su carácter: rústico, noble, lleno de historias y de madera viva.

Entre los invitados estábamos:

  • Mario y su novia Silvia, la protagonista involuntaria de la noche.

  • Alfredo, amigo contemporáneo de Mario —también rondando los 70—, con su novia de apenas 29 años, una presencia tan joven como inesperada.

  • Un matrimonio de 42 años de casados, amigos muy cercanos de Silvia, que vivieron más de la mitad de sus vidas entre Italia y España, y que regresaron a la Argentina justo en tiempos de pandemia. La mujer tiene la misma edad de Silvia pues fueron compañeras de escuela, y me causo mucha sorpresa que cuando se puso de novio con su hombre, su abuelo le entregó a éste toda una dote rural. Cuando lo señalé todos reímos.

  • Y yo, contemplándolo todo y tomando notas como un antropólogo improvisado, observando la fauna humana del Pueblo Alberdi en su máxima expresión.

Llegué en la Taunus —que últimamente se comporta como una dama antigua— y la dejé afuera luciéndose. Yo también estaba prolijo, digno, listo para observar.

La primera mitad: peña, folclore y nostalgia ajena

El ambiente era una mezcla entrañable de familia “viejera”, peña tradicional y fanáticos de Los Beatles. Mucho ruido, muchas historias, mucha vida. El ambiente decorado a la manera súper cálida como toda taberna.

La pizza libre, en cambio… una decepción: pijotera, escasa, nada que ver con las pródigas pizzas libres de mi juventud cuando recién aparecía este sistema e íbamos con mis amigos rugbies y arrasábamos. Pero bueno: uno aprende a resignarse con elegancia. Además ninguno de los invitados parecía padecer la gula que me ha caracterizado toda la vida jajajajajaja. ¡Sobraban porciones y nadie les entraba! jajajajajajaja.

El show arrancó con latinos y folclore:

  • un improvisador que agarró el bombo y la rompió (el amigo de Mario, Alfredo)

  • un cantor espontáneo brindando con su vaso de vino mientras entonaba zambas y chacareras.

  • y un momento hermoso en el que el cantor invitó a una pareja del público.

La pareja ya venía preparada: sacaron sus pañuelos del bolsillo y se pusieron a bailar con total soltura, aun vestidos completamente de civil. Ese contraste —ropa cotidiana, baile impecable— fue uno de los gestos más auténticos de la noche.

En una mesa contigua advertí a dos hombres que conversaban entre sí, claramente otros moradores frecuentes de la Taverna. Uno de ellos, muy flaquito, me llamó la atención: usaba la misma postura que Mario y que yo, con las piernas cruzadas pero cerradas. Rondaría los 65 años, y aunque todavía conservaba algo de facha, se le notaba el desgaste de tantas noches de peña acumuladas en el cuerpo.

Aun así, a mí las peñas me cansan. Yo fui de boliches, después de boliches electrónicos, y desde los 2000 solo bares y restos. Esa es mi frecuencia.

La segunda mitad: el giro dramático

Y entonces, la noche cambió de textura.

El dueño —cantor él también— invitó a Torres al escenario. Y ahí apareció Mario: facherazo, afeitado, de punta en blanco, con pulseras brillantes y anillos. Nada que ver con el hombre del taller de carpintería. Era su noche, su escenario, su momento.

Lo inesperado llegó enseguida: Torres llamó al escenario a su novia Silvia, de 50 años, y le propuso matrimonio delante de toda la Taberna. Le entregó la alianza ahí mismo. Silvia quedó entre shokeada y feliz. El lugar explotó en aplausos.

Después de eso, Mario se largó con sus temas románticos. Cuando cantó “¿De dónde es él?”, la Taberna quedó en silencio. Fue teatral, exagerado, hermoso.

Yo, ya con la energía arriba otra vez, me fui al patio, ese pequeño refugio donde un ermitaño de hoy puede procesar sus emociones, fumar un cigarrillo y tomar notas. Porque cuando uno vive retirado y de pronto cae en un evento social tan intenso, necesita retirarse un momento para volver a sí mismo.

El ecosistema Torres

Entre charlas y observaciones entendí algo más:

Mario, su amigo contemporáneo Alfredo, y la mujer joven de este, de apenas 29, junto con Silvia y muchos otros, forman parte de un grupo de WhatsApp de 100 personas llamado “Momentos”. Son amantes de los eventos. Viven para estas movidas. Y lo hacen con una entrega que, aunque no comparto, admiro desde afuera.

El episodio del “cari/caro”

En medio de todo esto, me faltaban $200 para pagar lo mío. Le escribí a Lucía, pero dormía. Así que recurrí a Analía, sin lentes, y salió este poema involuntario:

  • Ana, te pido disculpas pero necesito una ayuda de 5.000

  • -Bueno

  • mil perdones

  • esto es cari

  • caro

Ese “cari/caro” fue la síntesis perfecta de la noche.

Y como si fuera poco, hubo un momento gracioso: Le pregunté muy discretamente a la moza cuánto costaban las gaseosas. Y después, creyendo que la empanada estaba incluida en el menú libre, la pedí… en la mesa cumpleañera. La moza, con una delicadeza admirable, me salvó del papelón: volvió al rato y me dijo que “no quedaban más empanadas”. Silvia se sorprendió, porque en las otras mesas seguían sirviéndolas. Pero claro: las empanadas se cobraban, y la moza ya había adivinado que yo andaba con la plata justa.

Cuarteto, torta y cierre

En un momento entró un cuartetazo de Rodrigo, otro apasionado de Alberdi, y la Taberna se vino abajo. Yo ya estaba en modo observador, disfrutando desde la distancia justa.

Cantamos el cumpleaños, comimos la torta —un tortón exquisito— que le regaló Silvia y yo me comí dos porciones y dos coquitas de medio. La más jovencita pidió otra pizza y me sumé con una porción más, así que la pequeña estafa inicial quedó saldada jajajajaja.

La cuenta final:

  • $15.000 pizza libre

  • $10.000 dos cocas

  • $2.500 “derecho de servicio” camuflado Total: $27.500

Y una noche que valió cada peso.

Epílogo desde el catafalco

Ya de vuelta en mi catafalco (la hermosa palabra que me regaló el Tano para nombrarlo) —esa cama hermosa que me fabricó el propio Torres, que pretendía ser un tatami y terminó convirtiéndose en este camastro imperial, esta litera de monje que uso como altar de descanso—, con el ventilador abuelo girando, me encontré sorprendido de haber vuelto a una fiesta después de tantos años.

Fue una noche intensa, humana, divertida y llena de símbolos. Una noche que no buscaba, pero que me encontró.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

EL CAPÍTULO FINAL. EL QUE REALMENTE VALE.

Isabella, no sé lo que escribí porque escribo muchísimo, mi memoria es frágil y mis I.A. son paja para ponerse a leer letra por letra del bl...