🖤 Diez años para volver a mí
Testimonio de un ermitaño moderno que aprendió a habitar su propio cuerpo
En 2014 toqué un límite silencioso. El cuerpo, cansado de sostenerme en automático, me pidió un cambio. Pesaba 110 kilos, vivía sedentario y me había olvidado de mi propia vitalidad. Con Ely emprendimos un programa interdisciplinario para recuperar la salud. Un año después, con 80 kilos y el alta médica, nació la dieta que me acompaña hasta hoy: ovolactovegetariana, flexible y agradecida cuando la vida me invita a compartir carne. Ese gesto —agradecer lo que me ofrecen— se volvió parte de mi ética cotidiana.
Con la llegada de Analía comenzó otra transformación, esta vez estética y simbólica. Dejé atrás la ropa sin identidad y descubrí el negro como piel. Aros, anillos, detalles dorados: pequeñas coronas que me recordaban quién era. Empecé a cuidarme con una prolijidad nueva: barba, cabello, barberías, rituales de aseo que me devolvieron presencia.
También en el invierno regresé al gimnasio, lo que le encantó a mi cuerpo que había sido en su juventud temprana rugbier, y al recordar con su memoria corporal, la hermosa sensación de levantar los fierros, de hacer fuerza, de tonificarse de a poco. La experiencia solo me duró dos meses, pues la internación de julio la suspendió, pero regreso en febrero proximo.
Y hubo un cambio más profundo, uno que rara vez se cuenta. Luego de muchos años de cuasi celibato en mi anterior matrimonio —años en los que sublimé mi energía vital en la intelectualidad y en la mística espiritual—, algo se reencendió cuando me convertí en el ermitaño consagrado que soy desde que habité el Refugio y todas las ermitas urbanas que siguieron hasta llegar a esta definitiva: El Clermont. En ese proceso recuperé también mi energía sexual pura, ya no reprimida ni desviada, sino integrada. Fue entonces cuando comencé a practicar Tantra Yoga, no como exotismo, sino como una forma de volver a habitar mi cuerpo con conciencia, dignidad y deseo sereno.
La salud siguió su curso. Chequeos clínicos anuales, especialistas, tratamientos. Me operé la catarata del ojo izquierdo y pronto vendrá la del derecho. También encaré un tratamiento dental larguísimo en la Municipalidad de Córdoba, gratuito pero exigente, que terminó con mi dentadura sana y mis prótesis nuevas. Cada paso fue una forma de decirme: merecés estar bien.
Y con Analía descubrimos otra forma de bienestar: el viaje. Al principio íbamos y veníamos entre Córdoba y Villa María en auto, como dos conductores de toda la vida. Pero un día caímos en la cuenta de que, por mi condición de diverso funcional, tenía pase libre para viajar por todo el país. Y empezamos a aprovecharlo. Llegué a hacer hasta ocho viajes por mes. Mochilas listas, equipo de mate o café, terminales convertidas en salas de espera rituales, bares estratégicos, caminatas de turistas urbanos dentro de nuestras propias ciudades. Viajar dejó de ser traslado: se volvió un modo de estar juntos, un pequeño nomadismo amoroso que nos regaló tiempo, humor, observación y libertad.
En paralelo, construí mi refugio. Desde 2016 hasta hoy, armé un departamento blanco y negro, moderno, coherente, minimalista. Cada mueble elegido, cada línea, cada textura. La obra culminó en enero con la litera del monje ermitaño: mi altar de descanso, mi frontera sagrada.
La Coupe Taunus llegó como un símbolo más. Blanca, deportiva, retro. Le puse mi logo en vinilo blanco y negro, como si el auto también se integrara a mi estética y a mi narrativa. No es un capricho: es parte de mi identidad visual.
La tecnología también se volvió parte de mi templo. Computadora de escritorio, TV de 32” como monitor, cámara web, y dos bafles enormes conectados desde 2018. Un pequeño estudio personal donde trabajo, escribo, creo y me conecto.
Y a veces —solo a veces— salgo con mi bastón de acero con cabeza de dragón. No como arma, sino como símbolo. Anoche entendí algo: ese dragón es Analía. Su fuego, su fuerza, su presencia. Llevarlo es llevarla, sin invadir su tiempo ni su proceso. Es un gesto estético y afectivo, no una fantasía.
Diez años después, miro hacia atrás y veo una línea continua: cuerpo, estética, salud, hogar, disciplina, símbolos, deseo, amor, movimiento. Nada fue de un día para el otro. Todo fue un trabajo paciente, artesanal, profundamente humano.
Este es mi testimonio. Este soy yo, volviendo a mí.
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