viernes, 23 de enero de 2026

EL VENTILADOR ABUELO

 


El Ventilador Abuelo

Durante años este ventilador fue, para mí, un estorbo.
Tiene 95 años, es pesado, metálico, y más de una vez pensé seriamente en tirarlo. No encajaba con mi idea de casa ordenada, blanca, minimalista: el diván negro impecable, las alacenas blancas relucientes, el cuadro modernoso en la pared… y, en una esquina, este artefacto viejo que parecía salido de otro siglo.

Hasta que un día lo miré distinto.

En vez de verlo como “cacharro”, lo vi como lo que realmente es:
un abuelo.

Y no cualquier abuelo:
fue el ventilador de nuestra tía Ofelia, luego lo heredó mamá, después pasó a manos de mi hermana Georgina, quien muy generosamente me lo regaló a mí.
Es decir, este objeto no solo tiene 95 años: tiene cuatro generaciones de historia familiar.

Y como las cosas buenas de antes, tiene una virtud inesperada:
es más silencioso que muchos ventiladores modernos.
Funciona con esa nobleza antigua que no hace alarde, pero cumple.

El ventilador abuelo no compite con lo moderno: lo enmarca.
Como esas heladeras de los años 50 que hoy son objeto de deseo y decoración, este ventilador empezó a revelarse como pieza vintage, como escultura industrial, como testigo silencioso de casi un siglo de veranos y de la vida de quienes lo cuidaron antes que yo.

En la esquina, al lado del diván, no desentona: cuenta otra capa de la historia.
La casa blanca, limpia, casi monacal, recibe a este abuelo de hierro como quien recibe a un anciano querido: con respeto, con humor y con un poco de asombro. No está ahí por necesidad funcional; está ahí por memoria y carácter.

Resignificarlo fue, también, resignificarme:
si antes mi impulso era “sacar lo que molesta”, ahora mi gesto es integrar lo que tiene historia.
No todo lo viejo es lastre; a veces es ancla, estilo y relato.

Hoy, cuando entro y lo veo en su esquina, ya no me da vergüenza.
Me da orgullo.

En esta casa, el aire no lo mueve solo la tecnología nueva.
También lo mueve, simbólicamente, este ventilador abuelo que se ganó su lugar como objeto decorativo, como reliquia familiar y como recordatorio de que el tiempo, bien mirado, también puede ser hermoso.

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