La Tatami elegida
El Catafalco que me eligió
EL CATAFALCO IMPERIAL: UNA RESIGNIFICACIÓN NECESARIA
Hay objetos que uno elige, y objetos que lo eligen a uno.
Yo había elegido una cama tatami japonesa: baja, minimalista, casi monástica.
Un mueble que acompañaba mi etapa de ascetismo urbano, de líneas puras y silencios largos.
Pero la vida, que es más sabia que mis tableros de Pinterest, decidió otra cosa.
Lo que llegó a mi casa no fue la tatami que había imaginado, sino una estructura sólida, pesada, contundente. Una cama de madera pura, sin concesiones, sin liviandades, sin la fragilidad industrial de la melamina. Una cama que no se parece a ninguna otra, porque no salió de una fábrica: salió de una mano humana, con sus virtudes, sus terquedades y su carácter.
Al principio me enojé.
Después me resigné.
Y finalmente entendí.
Lo que había llegado no era un error: era un símbolo.
El Tano, con su humor filoso, la llamó “catafalco”.
Analía, con su sensibilidad cinematográfica, dijo que le recordaba El Último Emperador.
Ambos, sin saberlo, estaban señalando lo mismo:
esta cama tiene presencia. Tiene aura. Tiene autoridad.
No es japonesa: es imperial.
No es liviana: es fundacional.
No es en serie: es única.
No es un mueble: es un altar horizontal.
Y entonces comprendí que esta cama no venía a continuar mi etapa anterior, sino a inaugurar otra.
La tatami representaba el monje.
El catafalco representa al hombre que vuelve a ocupar su lugar en el mundo.
La madera viva sostiene.
La estructura eleva.
La forma impone un nuevo modo de habitar el descanso.
En este tiempo de metamorfosis —entre la convalecencia, la recuperación de la autonomía y el cierre de ciclos mayores— necesitaba justamente esto: un trono horizontal donde descansar, sanar y planificar. Un mueble que no se esconda, que no se disuelva, que no pida permiso para existir.
Un mueble que me recuerde, cada noche, que estoy entrando en una etapa más sólida, más adulta, más imperial.
Para apropiarme de él, realicé un pequeño rito.
No para “arreglar” nada, sino para consagrar lo que ya estaba ahí: la madera, la presencia, el nuevo ciclo.
Hoy, cuando me acuesto, ya no veo lo que no llegó.
Veo lo que llegó para mí.
Y lo recibo como se reciben los símbolos verdaderos:
con gratitud, con humor, y con la certeza de que la vida siempre sabe más que mis planos.
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