EL CINTURÓN NEGRO DE LA VIDA
(Otro cierre más del Año de la Serpiente)
Hay gestos que uno posterga durante décadas sin darse cuenta. Sueños que quedan suspendidos en algún rincón de la infancia, esperando el momento justo para reclamar su lugar. Hoy me tocó enfrentar uno de esos.
Cuando era chico, mi mayor fantasía era llegar al cinturón negro. No por la técnica, no por la competencia, sino por lo que representaba: ser maestro.
La serie Kung Fu, con David Carradine, me marcó de un modo que todavía puedo sentir en la piel. La figura del maestro errante, silencioso, firme, era para mí la forma más alta de existencia.
Años después, ya adulto, intenté practicar karate dos veces. Llegué apenas al cinturón blanco inicial. Tenía el kimono —sí, el kimono, como me enseñó a decirlo mi primer profesor en los 80, aunque después viniera otro a corregirme con tecnicismos— y tenía el deseo. Pero no tenía el camino.
Y sin embargo, la vida siguió su propio dojo.
Con los años entendí que la maestría no siempre llega por la vía formal. Que hay cinturones que no se atan en la cintura, sino en el alma. Que hay golpes que no se dan en un tatami, sino en la existencia misma. Que hay aprendizajes que no se enseñan en ninguna escuela, ni siquiera en la de Miyazato, de donde finalmente me retiré.
Hoy estoy cerrando el Año de la Serpiente, un año de mudas de piel, de convalecencias, de recuperaciones, de pérdidas simbólicas y de renacimientos inesperados. Un año donde publiqué, escribí, resignifiqué, ordené, solté y me volví a armar.
Y en este contexto, apareció algo que no esperaba: el llamado del cinturón negro.
No el cinturón negro del karate.
El cinturón negro de la vida.
Tengo todavía aquel viejo kimono blanco, testigo de un sueño inconcluso. Y decidí algo que me nace del alma y porque se me canta el ocote: voy a comprarme un cinturón negro y voy a usarlo en mi casa, como hábito, como símbolo, como declaración.
No para fingir un grado marcial.
No para faltar el respeto a nadie.
Sino para honrar al maestro que sí logré ser:
el maestro de mi propio camino y desde mis 49 años.
Porque según los septenios, hace años entré en la etapa de la maestría interior, el 8° septenio. Y el 24 de marzo próximo cruzaré al 9°, la etapa de la síntesis, de la transmisión, de la autoridad tranquila, de la sabiduría, ni más ni menos, mucho más de lo que siempre soñé.
No necesito que un dojo me certifique eso.
La vida ya lo hizo.
Así que sí:
Voy a ponerme mi kimono.
Voy a atarme un cinturón negro comprado por mí.
Voy a caminar mi casa como el maestro que siempre quise ser y aún más, el sabio.
Y voy a hacerlo con humor, con libertad y con la soberanía simbólica que me caracteriza.
Porque hay sueños que no se cumplen como uno imaginaba.
Se cumplen mejor.
Y este, para mí, es uno de ellos.
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