domingo, 25 de enero de 2026

EL CLERMONT, MI TEMPLO QUE TARDO DIEZ AÑOS EN SER

 


Clermont, mi templo de diez años

Durante años soñé con un hogar que no fuera solo un lugar donde dormir, sino un templo. Un espacio que respirara conmigo, que me sostuviera, que reflejara mi estética, mi espiritualidad y mi manera de habitar el mundo. Ese sueño empezó tímidamente cuando vivía con Ely: ahí sentí por primera vez la emoción del hogar-templo, pero todavía no podía encarnarlo. No era mi estética, no era mi orden, no era mi silencio.

La verdadera construcción empezó en 2016, cuando me separé. No construí un palacio minimalista como otros monjes estoicos; no levanté paredes nuevas ni diseñé una casa desde cero. Lo mío fue más difícil: construir un templo interior y después encontrar el espacio físico que pudiera alojarlo.

Ese espacio llegó recién en 2024.
Un departamento pequeño, justo, perfecto, que me gustó desde la primera instancia. Arquitectura minimalista y posmoderna, sin excesos, sin pretensiones, sin ruidos. Un tercer piso sin balcón, pero con un ventanal que abre el mundo sin obligarme a salir. Era exactamente lo que necesitaba: suficiente, sobrio, silencioso.

Ahí nació Clermont.
No como un proyecto decorativo, sino como una obra espiritual.

Todo en blanco y negro:
– paredes blancas
– puertas blancas
– armario blanco
– living comedor blanco y negro
– muebles escandinavos
– líneas limpias
– vacío deliberado

Y en el centro, mis signos:
– la cama negra
– las sábanas negras
– el blackout negro que esperé tanto tiempo
– la mesita ratona negra convertida en altarcito mayor
– Cristo y la Virgen custodiando el silencio
– la estatuilla del monje en las racks vacías
– el sillón savonarola, única antigüedad, puente entre lo ancestral y lo contemporáneo

No necesitaba más.
No quería más.
El resto era ruido.

Clermont es pequeño, pero es mío.
Es mi templo urbano, mi refugio, mi lugar de metamorfosis.
Es el cierre de un ciclo de diez años donde pasé por enfermedad, revelaciones, vínculos resignificados, pérdidas, aprendizajes y una estética cada vez más depurada.

Hoy puedo decirlo sin pudor:
lo logré.
Logré un hogar que no me contradice.
Un espacio que me sostiene, que me ordena, que me refleja.
Un templo donde puedo ser Hombre Valor, donde puedo descansar, escribir, rezar, llorar, reír y volver a mí.

Clermont es mi casa, sí.
Pero sobre todo, es mi regreso.

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