Domingo. Día de oficios.
Quiero agradecer públicamente a mis tres hermanas —Lucía, Georgina y Alejandra— y a Gustavo, que es hermano por elección y por corazón, por todo lo que hicieron por mí en este tránsito que comenzó con mi internación psiquiátrica en pleno invierno y que hoy encuentra un cierre digno con mi regreso al Clermont.
Cada uno, desde su modo único, sostuvo un tramo de mi fragilidad con una mezcla de humor, carácter, ternura y acción concreta que sólo nace del amor verdadero.
Lucía, que abrió su casa y su tiempo para recibirme en La Posta cuando todavía estaba convaleciente, acompañándome en los primeros días con esa firmeza amorosa que ordena y contiene.
Georgina, presencia constante, luminosa y silenciosa, que sostuvo la vida cotidiana con una entrega que no pide reconocimiento pero que merece todos. Su compañía fue un refugio.
Alejandra, que entró y salió en el ritmo que la vida le permitió, siempre con la palabra justa, la energía justa, el gesto que llega cuando tiene que llegar.
Hoy, que vuelvo a mi casa, a mi litera del ermitaño y a mi ritmo, quiero dejar escrito que este regreso no es sólo mío: es fruto del amor que ustedes pusieron en el camino.
Que este domingo quede ofrecido por ustedes.
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