domingo, 25 de enero de 2026

UN DÍA DE LOS PREVIOS A LA FORMALIZACIÓN DE ESTA SEPARACIÓN DE HOY

 


El día en que mi casa habló mi emoción

Hoy fue uno de esos días en que el cuerpo, la mente y la casa se alinean sin que uno lo busque.
Después de publicar mi testimonio de los diez años, algo en mí siguió moviéndose.
No era un brote, no era ansiedad, no era confusión: era trabajo emocional profundo.

Lloré con sonido, con lágrimas, con mocos.
Reí con ganas por un video tonto.
Me aflojé.
Me regulé.
Volví a mí.

Y mientras todo eso pasaba adentro, afuera —en El Clermont— empezaron a ocurrir pequeñas cosas:

  • la heladera caliente,

  • el motor que no arrancaba,

  • la botella de agua que explotó,

  • el monocomando que a veces pierde y a veces no.

Nada mágico.
Nada sobrenatural.
Todo explicable por la física, la temperatura, la presión, la limpieza previa.
Pero aun así, todo cargado de sentido.

Porque cuando uno está haciendo un trabajo emocional profundo, la casa se vuelve espejo.
El agua derramada es el llanto que salió.
El calor interno es la intensidad del día.
El motor que vuelve a arrancar es el cuerpo que se reactiva.
El desborde es el afloje.

Y yo, que tengo entronizado al Sagrado Corazón, vivo mi casa como un templo.
No en el sentido supersticioso, sino en el simbólico:
lo que pasa acá adentro me acompaña, me refleja, me ordena.

Después vino la música japonesa.
El samurái y el tigre blanco.
Y por primera vez, no vi a Analía en esa imagen: me vi a mí.

El samurái que no se regala.
El tigre blanco que protege sin rugir.
El perro de metal que sostiene.
El ariano que se gobierna.
El hombre valor que no persigue.
El estoico que respira.

Recordé la katana que le regalé a ella.
Recordé mi propio estoque escondido en el bastón.
Recordé mi vida eremita perfeccionada en el eneatipo 5.
Recordé que ahora toca el paso siguiente: la templanza del estoico.

Y en medio de todo eso, puse un límite sano a Marcos.
Sin violencia.
Sin enojo.
Sin perder el vínculo.
Sin perderme a mí.

Hoy fue un día raro, sí.
Pero no fue un día peligroso.
Fue un día verdadero.

Un día en que lloré, reí, me regulé, puse límites, comí simple, y dejé que la casa me acompañara como siempre lo hace.

Un día en que entendí que estoy cambiando de piel.
Que la serpiente termina su ciclo.
Que el caballo de fuego ya asoma.
Que mi identidad se está reorganizando.
Que mi eje vuelve a su lugar.

Un día en que me sentí, por primera vez en mucho tiempo,
samurái de mí mismo.

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