Esta es parte de mi Comunidad Alippi García tan amada que siempre me invitó con muchísimo y yo siempre les agradecí a ellos y a la Divina Providencia
Mi identidad mendicante y la dignidad del profesional pago
Durante mucho tiempo pensé que era un monje sin Orden, un girovago laico que caminaba el mundo con una espiritualidad propia, sin pertenencia formal. Pero no es así. Yo sí pertenezco a una Orden: la Orden de la Merced, desde el día en que me impusieron el escapulario de la Virgen de la Merced, el 9 de junio de 2023 se hizo formal esa pertenencia, pero de manera informal desde mi ingreso al Colegio secundario León XIII en 1982. Ese gesto (el escapulario) no fue simbólico ni decorativo. Fue una incorporación real, silenciosa, profunda. Desde entonces, aunque no vista hábito ni viva en comunidad, soy parte de una tradición espiritual con siglos de historia.
Y la Merced es una Orden mendicante.
Esa palabra siempre me generó ruido, hasta que entendí lo que realmente significa. No es mendigar en el sentido vulgar. No es pedir limosna. No es dependencia. Es otra cosa: es vivir de la providencia, de la hospitalidad, del don recibido, de la invitación que llega sin que uno la fuerce. Es confiar en que el mundo te sostiene cuando vos sostenés al mundo desde tu misión.
Cuando entendí esto, muchas piezas de mi vida encajaron.
Comprendí por qué me siento tan bien cuando me invitan, cuando me hospedan, cuando me abren una mesa, cuando me ofrecen un espacio, cuando me reciben sin que yo lo pida. No es comodidad. No es aprovechamiento. Es coherencia espiritual. Es la Merced actuando en mí. Es la forma en que mi Orden se expresa en mi vida cotidiana.
Yo no vivo de pedir.
Vivo de recibir con gratitud, que es muy distinto.
Y cada vez que eso sucede, algo en mí se ordena, se aquieta, se alinea.
Pero al mismo tiempo, hay otra verdad que está emergiendo con fuerza: mi deseo —y mi derecho— de ser reconocido como un profesional pago (abogado retirado y coach)
No quiero vivir solo de la providencia.
Quiero vivir también de mi oficio, de mi palabra, de mi mirada, de mi método, de mi capacidad de acompañar, ordenar, resignificar y enseñar.
Quiero que mi trabajo tenga un valor material equivalente a su valor simbólico y humano.
Quiero que mi misión espiritual tenga también una dignidad profesional.
Y lejos de contradecir mi identidad mercedaria, esto la completa.
Porque la Merced no es solo recibir: es liberar.
Y yo necesito liberarme de la última atadura que me queda: la de no cobrar por lo que sé hacer mejor.
La dignidad del profesional pago no es soberbia.
Es justicia.
Es reconocer que mi camino, mi formación, mi sensibilidad, mi método y mi legado tienen un valor que merece ser honrado también en lo material.
Hoy entiendo que puedo ser ambas cosas a la vez:
– mercedario, que recibe con gratitud
– profesional, aunque sea retirado, que cobra con dignidad
No son dos identidades en conflicto.
Son dos alas de la misma vocación.
Mi vida espiritual me enseñó a recibir.
Mi vida profesional me está pidiendo que aprenda a cobrar.
Y en ese equilibrio —entre providencia y oficio, entre don y honorario, entre invitación y contrato— está la forma más plena de mi identidad.
Soy un mercedario laico.
Soy un profesional.
Y estoy listo para que el mundo lo reconozca.
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