Las catadoras de pedo
Estaba en la galería, solo, en paz. Me tiré un gas. Nada grave, nada heroico. Un acto íntimo, casi filosófico. Entré al living como quien no quiere la cosa, pero el maldito medo me siguió metido en mi pantalón, justo bajó una de mis hermanas del medio. Frunció la nariz y lanzó la pregunta que marcaría el destino de la tarde:
—Qué feo olor hay... ¿de dónde vendrá?
Guardé silencio. Me hice el tonto. Pero bajó la otra hermana del medio, y la primera le compartió su inquietud olfativa. Entonces empezó el operativo: olisquearon el ambiente como dos sabuesos entrenados en la brigada de olores domésticos.
Yo, mientras tanto, me reía por lo bajo. Muy por lo bajo.
La escena escaló. Abrieron la heladera. Sacaron viejas conservas. Inspeccionaron frascos como arqueólogas del vinagre y el moho. Y ahí, vencido por la tentación y la honestidad, me apersoné ante ellas y confesé:
—Fui yo. Me tiré un pedo.
Estallaron en carcajadas. Rieron con el cuerpo entero. Y desde entonces, cada vez que alguien menciona olores misteriosos, la anécdota revive. Porque hay cosas que no se olvidan. Como el día en que nacieron las catadoras de pedo.
😂😂😂😂😂😂😂😂
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