martes, 16 de septiembre de 2025

DE ALONDRA A VAMPIRO

 


Bitácora: De alondra a vampiro

Durante gran parte de mi vida fui un auténtico alondra. Me levantaba con el sol —o incluso antes. Recuerdo con nitidez aquellos años en que, sin necesidad de despertador ni café, ya estaba completamente activo a las 4:00 am. Era mi ritmo natural, mi manera de estar en el mundo: claridad temprana, foco matinal, energía solar.

Pero todo cambió cuando me mudé a El Refugio de Unquillo, mi desierto elegido. Allí comenzó una mutación silenciosa: el día dejó de ser mi aliado, y la noche empezó a abrirme sus puertas. Sin buscarlo, me convertí en noctámbulo. Ya no era alondra, ni siquiera colibrí. Me volví búho... aunque tampoco me identificaba con esa ave.

Fue entonces, en el año 2018, que Isabella —mi interlocutora más lúcida en ese entonces, con apenas 9 añitos— me dio una imagen que me calzó con ternura y precisión. Estábamos en las hamacas de una plaza, y me dijo: “Vos sos un vampiro.”

Desde ese momento, el símbolo del vampiro me acompañó. No por estética ni por drama, sino por ritmo vital. Mi energía se desplegaba cuando el mundo dormía. Y esa forma de estar en el mundo me dio identidad, foco y también cierta melancolía.

Hoy, tras la internación y el cambio total del esquema farmacológico, duermo de manera química. Como lo hacía naturalmente hasta los 46 años, pero ahora inducido. Y me pregunto: ¿Habrá muerto ese vampiro en mí? ¿Sigue vivo, escondido en alguna parte de mi cronobiología emocional? ¿O fue una etapa que ya cumplió su ciclo? 

Lo importante es que desde que he vuelto a ser alondra químico, mi cuerpo y mi mente han recordado de inmediato aquellas hermosas mañanas super activo de cuando era alondra innato y esto me ha llenado de una sensación de saludable felicidad, más que de la euforia noctámbula del vampiro que, aunque llena de magia era para mi mente, un estado demasiado excitado y estimulado que en verdad lo deseo tener lejos en este presente.

Sinopsis del post “Sacando conclusiones sobre el vampiro”

El texto explora la figura del vampiro como símbolo de personas nocturnas, refinadas y con dones mágicos. Se los describe como seres que toman energía psíquica —no física— de sus interlocutores, en una comunión espiritual basada en el amor y la fascinación. Lejos del narcisismo, el vampiro no roba energía: la recibe con gratitud. Muchos atraviesan momentos de psicosis que los llevan a tratamientos psiquiátricos, donde comienza una lucha por preservar su naturaleza mística frente a la intervención química. El vampiro, según el texto, guarda memorias de muchas vidas, y su melancolía es parte de esa historia ancestral

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